Vacaciones que dejan huellas – Graciela Otranto – Devocional Infantil

Vacaciones que dejan huellas

“…Mi padre eres tú, Mi Dios,
Y la roca de mi salvación”
Salmo 89:26

La familia de Marcos decidió pasar las vacaciones en Bariloche. La excursión en lancha fue muy emocionante. Tomás, el hermano menor, miraba feliz cómo las gaviotas, venían en bandadas a recoger las miguitas de pan que arrojaban al agua los turistas.

La Isla Victoria, un lugar maravilloso. El guía les comentaba detalles muy interesantes. Pero los niños estaban aburridos, ellos preferían corretear entre los árboles o jugar a las escondidas, ocultándose detrás de los arbustos o de los troncos caídos, amontonar hojas secas y arrojárselas encima como si fuera papel picado ¡Eso sí que los divertía!
El grupo se detuvo en el interior del bosque para escuchar otra larga explicación. Tomás lloriqueaba cansado y Marcos estaba inquieto. En ese momento alguien protestó porque los niños molestaban y no dejaban escuchar.

La mamá alzó a Tomás en brazos y el papá tomó a Marcos fuerte de la mano para que se quedaran quietos.

– Esta variedad de arboles – decía el guía –se llama Coihue. Como ustedes pueden ver tiene un aspecto enorme. Tiene una altura hasta de treinta metros.
– ¡Qué gigante! – exclamó Tomás que lo miraba deslumbrado.
– Se parece al gigante Goliat – Comentó Marcos dirigiéndose a su padre.

Los dos sonrieron al recordar la historia bíblica que tanto conocían. Las siguientes palabras del guía los dejaron aún más sorprendidos:

– A pesar de la apariencia grande y poderosa de los coihues, sus raíces son poco profundas y se desarrollan casi sobre la superficie del suelo. Es por eso que los fuertes vientos pueden derribarlos con facilidad.
– Oh – exclamó Marcos asombrado. No podía imaginar que un árbol tan grande se pudiera caer con tanta facilidad.
– En cambio no ocurre lo mismo con el ciprés andino – agregó el guía, señalando un árbol de menor apariencia – sus raíces se extienden unos treinta metros alrededor del árbol. Aunque parezca más debilucho que el otro –Sonrió – al ciprés es muy difícil que los vientos o las tormentas lo puedan derribar.
– ¿Por qué? – preguntó de manera espontánea Marcos.

Todos se dieron vuelta, no podían creer que el mismo niño que antes interrumpía haciendo barullo, ahora estuviera atento en la explicación.

– El secreto está – les dijo el guía, entusiasmado en dar la información– en que sus raíces se amarran a las rocas del suelo y ninguna tempestad lo puede derribar.

Todos quedaron sorprendidos con esa explicación. Desde la lancha, los niños siguieron con la mirada al imponente coihue y al delgado ciprés, hasta que los pedieron de vista.

Todos deberíamos aprender del Ciprés – Les enseñó su mamá – y aplicarlo a nuestra vida, sujetándonos a la Roca que es Cristo

Ellos jamás olvidarán esas espléndidas vacaciones, sobre todo por la enseñanza que el coihue y el ciprés les dejaron.

La Escritura dice que Jesús es nuestra “Roca” de salvación. Por eso si nos abrazamos a él, como las raíces del ciprés se aferran a la piedra del suelo, aunque vengan dificultades y problemas, nosotros vamos a permanecer firmes y no nos vamos a caer.

 

Autora: Graciela Otranto
graceotranto@gmail.com
http://graceotranto.blogspot.com.ar/

Escrito para www.devocionalinfantil.com

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